El final de una epopeya

El final de una epopeya 

Al finalizar el video en el que analizamos la pintura “El juramento de los Horacios” de Jacques-Louis David, lanzamos un desafío: el de que propusieran hipótesis acerca de cómo finalizó la historia de los héroes inmortalizados por la leyenda y el arte.

Les contamos cómo se desarrollaron los eventos después de la escena retratada por David.

Luego del juramento para defender a Roma, aún a costa de sus vidas como un acto de heroico patriotismo, los hermanos Horacio salieron al lugar destinado para la contienda. El clima de tragedia ya se anticipaba en la pintura a través de los gestos de angustia y dolor de las mujeres. Más allá del litigio territorial entre Roma y Alba Longa, la obra aborda un grave conflicto familiar: Camila Horacio, en primer plano evidencia su desesperación porque sus hermanos deberán enfrentar a sus primos Curiacios, uno de los cuales es su prometida debido a los acuerdos matrimoniales entre ambas ciudades para asegurar una descendencia común y pacífica.
En segundo plano, Sabina Curiacio, casada con uno de los Horacios desfallece de dolor entreviendo el desenlace de la lucha entre su marido y sus hermanos. A su lado, sus hijos contenidos por su aya lloran asustados como testigos inocentes de la lucha fratricida.

“El juramento de los Horacios” Versión al óleo del pintor Armand Caraffe 1791.

Cuando arriban al lugar destinado al combate, la población de ambas ciudades se agolpaba para presenciar la lucha entre los campeones designados para dilucidar el conflicto. Los vencedores tendrían el dominio político y territorial sobre el pueblo de la ciudad vencida.

El historiador romano Tito Livio así nos narra el combate:

“Desde el primer choque y chasquido de las armas, una gran emoción atravesó al público; todos perdieron la voz y el aliento... “

Como consecuencia del enfrentamiento, los trillizos Curiáceos resultaron heridos de diversa gravedad, mientras dos de los Horacios cayeron muertos.

Combate entre Horacios y Curiacios Óleo del pintor Fulchran-Jean Harriet.

Sigamos leyendo el relato de Tito Livio:
“Sin embargo, en medio de la refriega, los tres albanos resultaron heridos y dos romanos cayeron, muriendo uno sobre el otro. Su caída provocó gritos de alegría en el ejército albano; las legiones romanas temblaban por su único campeón, a quien los tres Curiacios habían rodeado. Afortunadamente, estaba ileso, demasiado solo y débil, cierto, para todos sus oponentes juntos, pero formidable para cada uno sin los demás…”

La lucha entre los Horacios y los Curiacios. 1541. Grabado de autor anónimo.


Bartolomeo Pinelli. “Combate entre Horacios y Curiacios” Grabado

Tito Livio concluye:

Para luchar contra ellos por separado, huyó diciendo que cada hombre herido lo persiguiese lo mejor que pudiera. Ya estaba a cierta distancia del campo de batalla cuando giró la cabeza y vio a sus perseguidores muy separados. El primero no estaba muy lejos: se abalanzó sobre él. Horacio ya había matado a su adversario y, victorioso, marchó hacia la segunda lid. Profiriendo vítores, los romanos alientan a su campeón: él, sin darle al último Curiacio, que no estaba muy lejos, la oportunidad de llegar, mató al otro. Ahora la lucha era igual: superviviente contra superviviente; pero ya no tenían la misma moral ni la misma fuerza. Él, dos veces victorioso, caminó con orgullo a su tercera pelea; el otro se arrastró exhausto hasta allí. No fue una pelea: apenas podía el albano llevar sus armas; Horacio le hunde la espada en su garganta, lo derriba.”

Tito Livio Libro I

La muerte del último hermano Curiacio

El joven Horacio vencedor, regresa e Roma en medio de los vítores de su pueblo y los lamentos de los albanos que ven perdida su ciudad en manos del enemigo. Pero la tragedia aún adquiriría mayores dimensiones. Tito Livio agrega que Camila, la prometida de uno de los Curiacios aguarda noticias en la puerta de Roma.

“… al reconocer sobre los hombros de su hermano, el manto guerrero de su prometido que ella misma había confeccionado, se suelta los cabellos y entre lágrimas llama por su nombre a su prometido muerto”

(Tito Livio Libro I)

Enfurecido ante los lamentos de su hermana, Horacio, no logra comprender cómo una romana puede llorar con tanto dolor a un enemigo de la patria. En vez de deshacerse en lágrimas su deber tendría que ser la celebración de su victoria.

En su obra “Horacio”, Corneille agregará dos elementos más a la tragedia.

En primer término le dirige fuertes reproches diciéndole:

“No te dejes arrastrar por la pasión, modera tus deseos (…)”

Y a continuación agrega cada vez más encolerizado:

“Mi paciencia da paso a la razón. (…) Así recibe su justo castigo quienquiera se atreva a llorar a un enemigo de Roma”.

(Corneille-“Horacio”)

... y desenvainado la espada, atraviesa el pecho de su hermana, dándole muerte.
Horacio reprocha a su hermana por el llanto provocado por la muerte de su prometido.
Óleo del artista francés Louis Jean Lagrenée (1724-1805)


Horacio asesina a su hermana frente a la puerta de Roma. Dibujo Louis David

En los diálogos de la obra, Coneille nos muestra a un Horacio valeroso que en contra partida dista de poseer las virtudes romanos que caracterizaban a un ciudadano: es incoherente al exigirle templanza a su hermana cuando él no logra contener sus impulsos conducido por el odio y la venganza y, tampoco es benévolo asesinando a una mujer de su propia sangre.

Tito Livio juzga con dureza el fratricidio; agrega en su relato que la muerte de Camila:

“…les pareció horrorosa a los senadores y al pueblo, pero su proeza reciente le servía de cobertura…”

El joven salvador del honor romano comenzó a ser acusado de haber cometido un crimen de alta traición. En primer lugar hizo uso de un derecho que solamente le concernía al rey: el de decidir sobre la vida o muerte de un ciudadano. En segundo lugar la falta de respeto a las leyes mediante el fratricidio cometido, sentaba un grave precedente que ponía en riesgo el equilibrio civil del Estado.

Corneille rescata al héroe mediante el discurso de Publio Horacio, el padre del vencedor, en el juicio que se le entabla:

“No encuentro tu acción injusta ni demasiado rápida; pero tú, hijo mío, podrías haberte evitado esa deshonra. Su crimen, aunque enorme y digno de la muerte, estaba mejor impune, que castigado por tu mano…”

Emocionado, el viejo padre agrega en demostración de benévolo perdón:

“Un padre no usa siempre del rigor extremo y perdona muy a menudo por sí mismo a sus hijos.”

Tito Livio nos proporcionará mayores informaciones acerca del desagravio del joven guerrero:

“Los asistentes a aquel juicio se conmovieron, sobre todo cuando Publio Horacio padre declaró que él juzgaba justificada la muerte de su hija; que, de no ser así, habría castigado a su hijo en virtud de su derecho de padre. Suplicaba, a continuación, que no le privasen por completo de hijos a él, al que poco antes habían visto rodeado de una familia extraordinaria”.

Las versiones acerca del perdón público difieren: Corneille perdona a Horacio a través del rey, quien de forma conciliatoria expresa:

“todos pueden amar al Estado, pero no todos pueden asegurarlo con sus ilustres hazañas. (…) Vive para servir al Estado”.

(Corneille, obra citada)

Tito Livio finaliza diciendo que Publio Horacio sometió a su hijo a una ceremonia de purificación manifestando que:

“en adelante, constituyeron una tradición de la familia de los Horacios”.

La ceremonia es descripta por Tito en estos términos:

“El padre atravesó un tronco en la calzada e hizo pasar por debajo al joven, con la cabeza cubierta, como si fuera bajo un yugo. Tal tronco existe todavía, restaurado constantemente por el Estado”.

Es probable que el tronco existiera en la época en la que vivió Tito Livio, pero no ha llegado hasta nosotros.

 Los hermanos fueron sepultados juntos en un único sepulcro que al parecer estaba en inmediaciones de la ciudad de Alba Longa. Un antiguo grabado fechado en el año 1771 nos muestra las ruinas de su arquitectura.
Autor anónimo. Grabado que muestra el sepulcro de Horacios y Curiacios en adyacencias de Alba Longa, conservado en la Biblioteca del Instituto Waurburg.


Muy poco resta de las ruinas de Alba Longa, destruida por los romanos en la mitad del S. VII a.C. Posteriormente ya en el período imperial, en la zona se construyeron varias villas residenciales de las cuales restan algunos vestigios arqueológicos.

El territorio en el cual se halla el Monte Albano- donde luego de destruida la ciudad se erigió un templo a Júpiter, hoy también en ruinas- fue comprado por la Cámara Apostólica en el año 1596. El papa Urbano VIII en 1623 emprendió la construcción de un castillo sobre el emplazamiento de lo que fuera la residencia del emperador Domiciano. El edificio conocido como Castel Gandolfo es hoy utilizado como residencia de descanso veraniego de los pontífices.

Vista de Castel Gandolfo, erigido sobre el Monte Albano en las inmediaciones donde estuvo situada la ciudad de Alba Longa.




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